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AUTOESTOPISTA #6

Por allá, a finales de los 90s, una pareja de jóvenes se detuvo a hacer autoestop a las afueras de su ciudad natal. Estaban enamorados, querían casarse, y como imaginarán sus padres no estaban de acuerdo. No solo eran demasiado jóvenes, su pequeña carrera en la vida apenas llegaba a las dieciséis vueltas y con poco o nada en los bolsillos, se aventuraron a un paraíso que jamás llegaron a disfrutar.

Sus cuerpos fueron encontrados en medio de un bosque, a más de noventa kilómetros de donde se les vio por última vez. Ella había muerto de una cuchillada en el abdomen, y él había sido brutalmente golpeado hasta la muerte. No pudieron dar con el paradero del asesino, un par de años después un joven fue hallado en similares circunstancias. Solo la prensa se atrevió a suponer que se trataba de un asesino serial.

La inútil participación del FBI en el caso solo entorpeció la investigación de la policía local. Ambos casos nunca fueron resueltos y poco a poco fueron cayendo en el olvido.


Había una vez el granjero más apuesto que conocí en toda mi vida, se casó con la mujer que amaba y tuvo una hija. Era su ángel, según decía. Ambos se esforzaron en darle todo lo que quería. Y ella supo brillar, alcanzó con gran mérito todas las metas que le trazaba la escuela: proyectos, campeonatos, festivales, etc. Era feliz, esa niña y su familia, con lo poco a nada que tenían era feliz.

Pero no toda la gente a su alrededor parecía serlo. A veces, cuando eres joven, no te das cuenta de las cosas. No ves, no escuchas, no quieres creer. El baile de fin de curso llegó y esa noche ocurrió la pesadilla. Lian era muy apuesto, pero era un idiota, a esa niña no le gustaba bailar. No quería estar ahí, solo había ido por sus padres, no se sentía a gusto en ese lugar. Y él lo sabía, por eso cuando le dijo que estaba enamorado de ella no le creyó. Cuando intento tocarle un pecho le escupió.

El ruido, la enorme cantidad de gente, tenía náuseas y ella solo quería ir a casa. Bastó alejarse una pequeña docena de metros, aire puro y un golpe duro a su cabeza. Luces, muchas luces, y el horror. Vieja habitación de herramientas del jardinero de la escuela, había tantas manos, eran tantas manos, la obligaron a mirar.

Con el cuarto sujeto ya no puso resistencia, recuerda la risa histérica de Elena, recuerda a su mejor amiga no dejar de apuntarle con el lente de su cámara. Recuerda las voces también, lo que le decían, lo que le obligaban a hacer, ella murió. Ese día, esa niña murió. Y su familia con ella.

Nadie, absolutamente nadie se sentó a escucharla; la señorita Nadie, hija de un Don Nadie, en un lugar donde nadie parecía importarle una familia que comía solo lo que su tierra le proveía. Una noche, el apuesto granjero, transformado en un demacrado alcohólico se desbarrancó en una cuesta matándose él y su mujer. La niña no lloro.


Han pasado muchos años y aunque las heridas en el cuerpo se curan, las del alma nunca se desvanecen. De ninguna manera escribo esto para justificar todo lo que he hecho, hoy me miro y solo veo un pedazo de carne aplastada. Tengo cáncer de laringe y aunque tengo tantas ganas de gritar, sé que nadie me va a escuchar. No he alcanzado a tachar los nombres de mi lista con la premura que me hubiese gustado, pero lo he hecho. Veo a mi autoestopista #6 agitar los brazos en esa avenida.

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