El calor es tan fuerte que te despiertas, giras y giras en la cama mientras te esfuerzas en vano. Ya está, te tienes que levantar.
Sientes una fuerte comezón en la nuca, también cerca a tu ingle, es extraño. Vas a la ducha y te refrescas. De pronto te rascas muy fuerte, y por el agua que resbala a tus pies te das cuenta que te has hecho sangrar.
No hay nada de malo en ello, no pasa nada. Continúas, pero observas que el rojo no es tan rojo y te preocupas. Un pálido amarillo lo acompaña y una leve contracción en tu vientre te dice que todo está mal.
Hay algo en tu mejilla, palpita, se hincha como si estuvieras padeciendo el peor dolor de muelas. ¿Qué es todo esto? Te secas rápido, y te acercas a un espejo. Gritas desconsolado al ver tu reflejo, sales a tu habitación, levantas el teléfono, el apéndice que sale de tu oído izquierdo te hace perder el conocimiento.
No tienes idea de cuantas horas has estado inconsciente. Recuerdas. Necesitas ir al laboratorio y hablar con el Doctor Davidson. Maldito demente, solo él puede estar detrás de todo esto. Te vienen a la cabeza sus arañas, gigantescas y dando vueltas en espiral.
Te detienes a pensar en lo que te ha hecho. De pronto te observas, y te encuentras a más de veinte metros suspendido entre dos edificios, en una telaraña gigantesca que escapa metro a metro del hueco enorme que tienes en el pecho.
Aúllas, no puedes. Te intentas mover, tampoco puedes. Tus hermanos y hermanas se reúnen de todas partes para arrullarte. Algunas son del tamaño de un puño, las otras son simplemente monstruosidades sacadas del más profundo averno.
Puedes ver a una señora y su niña asomar cruzando la avenida. Tienen prisa, y con tu sentido arácnido a tope, sonríes a la espera de tu primera comida del día.

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