Y entonces el día murió, y la oscuridad se desangro sobre la tierra, y sintió que ya era hora de ascender, en espiral, arrancando lamentos al viento.
Abrió los ojos, y la nube grisácea escapo desesperada de aquellas gargantas de piedra. Se movía encolerizada, hambrienta, presa de una diabólica fuerza, y sus ojos, que eran más de los que debía tener, se fijaron en los puntos ardientes que buscaba.
Ahí abajo, un cumulo de criaturas bailaban al ritmo de un par de brillantes llamas doradas. Descendió sobre ellos, y lo primero que hizo fue robarles su fuego. Pronto comenzaron a aullar, moviéndose aterrorizados, y mientras la nube se acercaba a toda velocidad, los perros huyeron dejando a sus amos atrás.
Lo que parecía una nube, no lo era. Lo que parecía lluvia, tampoco lo era. La plaga ocupaba la mitad del cielo, y después todo el cielo por completo, el ruido de un rugido crujiente, el rasgar de la carne, el chasquido de las mandíbulas, el terror, la angustia, el sabor de la desesperación.
De pronto, de esas pobres criaturas ahora solo quedaban bultos babosos de un extraño color. Y entonces la horda seguía adelante, dejando atrás mechones de pelo y montoncitos de hueso relucientes.
Inevitablemente la gula demoniaca se tuvo que detener. Era tan amarga la luna como cualquier otra noche. El batir de las alas se redujo, la tierra abrazo de nuevo a su perfecta atrocidad. Cerró los ojos, empezó a soñar… con volver a despertar.

Comentarios
Publicar un comentario