Mil gritos tiene la noche. Uno tras otro llegan atravesando el bosque, sientes el dolor, la angustia, la desesperación en cada lamento. El último hace que tu corazón casi se te escape del pecho. Tus últimas oportunidades se escapan y no puedes creerlo.
Corres bajo la oscuridad que parece estarlo todo consumiendo. Gimes, y el viento se ríe a carcajadas de tu maldita suerte. Te sientes mal, tienes náuseas, no has parado de correr desde que saliste de la cabaña. Gritas también, te preguntas como ha podido pasarte esto.
Vuelves a llenar esos pulmones de aire. Hay sangre, mucha sangre. Las hojas, los árboles, reconoces el lugar, has estado dando vueltas en círculos, maldices con todas tus fuerzas. La noche conspira, tú solo tiemblas.
El otoño ha transformado esos árboles en huesos perfectos, amables y deseosos del rojo que te ha traído en este momento. Puedes verlas, reconoces a las gemelas y casi sonríes, no puede ser verdad. Están bien, solo un poco heridas. Se encuentran escondidas en unos arbustos, son tu esperanza, por fin respiras.
Por supuesto que no te alcanzan a escuchar, llevas años dedicándote a esto. El machete corta velozmente el cuello de la primera, y en menos de unos cuantos segundos has perforado el pulmón de la otra perra. La gloria es eterna, vuelve a ti la tranquilidad.
El cielo ha escuchado tu ruego, las ramas cadavéricas aplauden ante el líquido que baña sus cuerpos. Ha sido una noche terrible, muy dura, es la última vez en tu vida que intentas ahorrar unos centavos en un miserable candado y un par de cadenas.

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