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SIN LUGAR PARA LA PIEDAD

Bajo aquel cielo plomizo, el grito vaquero de la vieja Chelsea Amber se escuchó en un gigantesco eco. El disparo fue perfecto; atravesó de lado a lado el cráneo, y el extranjero número dieciséis cayó completamente desbaratado como una roca.

Su remington 700 parecía tan agotada como ella. No importaba, pateó los casquillos que a sus pies se aglomeraban y recargó nuevamente. Lista para lo que sea que saltara la valla de su finca.

Encontró rápidamente un nuevo objetivo, apuntó sagaz y otro grito, como el que había escuchado viendo a John Wayne, volvió a escapar. Podía con todos, sí. Aunque no pararan de llegar. Ya no se molestar en contar la poca munición que le quedaba, solo en disparar.

Chelsea pensó en esa estación. Había sido una de las mejores primaveras en muchos. El obeso de su marido por fin había podido arreglar el motor del tractor, y la cosecha había sido un éxito. Claro, sino fuera por esos malditos extranjeros.

Quien sabe de dónde carajos llegaron. Mordían fuerte los condenados, y te arrancaban la carne para satisfacer su diabólica hambre. Su marido había llegado con la novedad de la granja de los O’Connor. No le creyó en un principio, hasta que tuvo que observar el horror con sus propios ojos.

Se sentía tan sola ahora. Lamentaba no haberse despedido. Una a una las personas que conocía fueron desapareciendo para llegar a sus puertas transformadas en esas cosas. No había lugar para la piedad. Eso se dijo cuándo apunto, con los ojos en lágrimas, al hombre que lo había acompañado en su vida tanto tiempo.

Y así estaban las cosas ahora. Decenas de cuerpos caían uno tras otro, aunque no era de extrañar. Tiradora desde los dieciséis, Chelsea había destacado en su juventud más que cualquier otro muchacho del pueblo. Sin embargo, muy atrás habían quedado esos años mozos, la enorme fatiga ahora no le tenía piedad.

Poco a poco, el cansancio empezó a hacer mella en sus debilitados huesos, le costaba sostener el rifle con seguridad, sus adormecidos dedos amenazaban con traicionarla y encima de todo, el dolor en su pecho no la dejaba respirar.

Se aglomeraron en un último ataque, solo uno no alcanzó a derribar. Con cero cartuchos en su fiel remington, la pobre ventana de madera cedió ante el peso de un hombre que debería estar muerto. Cuando la triste tarde cayó, Chelsea Amber supo que era el final.

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