Timmy se había ido hacia menos de un mes. En casa todos estábamos tristes, sobre todo mamá y papá. Jessica me pidió que los dejará tranquilos, que no les volviera a preguntar cuando iba a regresar. Ella estaba completamente segura que si hacíamos todo bien esa noche volvería, yo no estaba tan seguro, pero le obedecí.
No pregunten cómo, pero Jessica lo trajo de vuelta. Fue increíble, ni yo mismo me lo creía cuando lo vi. Lamentablemente, papá y mamá se enojaron mucho. Nos quitaron nuestros juguetes y nos encerraron en el frío sótano de la casa. Jessica se enfadó también, me dijo que no me preocupara, que cuando se dieran cuenta de su error, nos sacarían de ahí y todo volvería a la normalidad.
Pasaron muchas horas, realmente no sé cuánto. Escuchamos mucho ruido dentro de la casa, primero una fuerte discusión que terminó en llanto. Luego una sirena, como de la policía, luego disparos y gritos, muchos gritos, gritos que se prolongaron por horas. Y dolían, los gritos dolían al punto de que nos orinamos los dos.
La puerta se abrió después de acabarnos la última de las galletas. No había nadie, y parecía como si la casa estuviera al revés. Jessica me dijo que no me preocupara y salimos afuera, en dirección al granero. Una voz nos detuvo a sus puertas, cuando giré la cabeza pude ver a Timmy saludarnos desde la ventana de su habitación.
Jessica, por supuesto, escapó de mi mano corriendo. Antes de salir, corriendo también, me detuve a escuchar un leve sonido que salía del granero. No alcancé a entender nada, se escuchaba como cuando intentas hablar dentro del agua. Di un paso más pero un rojo apestoso, pegado a las manijas del viejo portón, hizo darme la vuelta.
A decir verdad, las cosas han mejorado por aquí. Aunque extraño mucho a papá y mamá, Timmy se ha encargado de llenarnos con mucha alegría y diversión. A veces Jessica le reza. No sé porque. Me ha obligado a hacerlo y es la única cosa que me molesta. Cuando lo hacemos Timmy parece tener otro cuerpo de la cabeza a los pies.

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